La semana pasada, Joseph  Blatter, después de que su adversario, el catarí Mohamed bin Hammam fue suspendido por comprar apoyo, cumplió el sueño de todo gran dictador: ser candidato único a su reelección y sacar más del 90 por ciento de los votos en medio del aplauso generalizado. La escena, digna de un país bananero, tuvo lugar en Zurich, en la asamblea general de la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación), una organización sin par en el mundo.

Cada año la FIFA gasta millones de dólares en campañas para el fair play en las canchas. Pero en su sede en Zúrich, Suiza, un sobrio edificio de vidrio, el juego está carcomido por pactos políticos, traiciones y oscuros manejos financieros. El último escándalo estalló el sábado pasado, cinco días antes de las elecciones, cuando fue suspendido Bin Hammam. Lo acusan de pagar 40.000 dólares a cada uno de los representantes de la Concacaf, la federación de Norteamérica y el Caribe. Según la acusación, Bin Hammam los invitó a una conferencia a Trinidad y Tobago, todo incluido, donde supuestamente les pagó en sobres de manila repletos de billetes de cien dólares.

El lunes siguiente, fue publicado un correo electrónico de Jérôme Valcke, el secretario general de la FIFA, en el que escribe: “Nunca entendí por qué MBH (Mohamed bin Hammam) estaba compitiendo. Realmente creía que tenía oportunidad o solo era una manera de expresarle su disgusto a JSB (Joseph ‘Sepp Blatter’). O pensó que podía comprar la FIFA como ellos (Catar) compraron la CM (Copa Mundo)”.

El problema es que gran parte de este poder está basado en favores, en lobby y en un sistema opaco. Cuando el escándalo estalló la semana pasada, Blatter encaró a los medios y dijo: “¿Crisis?, ¿qué crisis?” y añadió que este tipo de problemas se van a resolver dentro de la “familia de la FIFA”, lo que les sonó a mafia a muchos periodistas. “La elección de Bin Hammam o de Blatter da lo mismo, es un miembro del club que reemplaza a otro, un sistema cerrado, como una mafia, una caja negra en la que no sabemos qué está pasando”, le comentó a SEMANA Andrei Markovits, quien escribió el libro The Gaming World, un análisis político del mundo de los deportes.

Su funcionamiento es todo menos transparente. En el congreso de la FIFA, cada país tiene un voto, lo que en teoría es democrático. Pero en la práctica, Alemania, con sus casi siete millones de afiliados, tiene el mismo peso que Vanatú, una isla del Pacífico donde solo 3.000 personas juegan fútbol. “A un europeo no le cambia mucho que Blatter le entregue 300.000 dólares para incentivar el juego limpio, pero en un país pobre, con esta suma un dirigente deportivo anda en Mercedes-Benz, vive en una mansión y hace lo que le diga el presidente de la FIFA”, dijo Andrew Jennings, periodista investigativo británico que lleva más de quince años denunciando la corrupción de la FIFA.

El problema es que es muy difícil que el sistema cambie, pues los mecanismos de presión son inexistentes. Como le dijo Markovits a SEMANA, “así Blatter sea un violador y un asesino, la gente no va a dejar de ver la final de la Champion’s League”.

Y eso es lo que les interesa a los patrocinadores, que son quienes en el fondo podrían cambiar las cosas. Visa, Coca-Cola, la aerolínea United Arab Emirates, Adidas, Sony y Hyundai le dan cada uno entre 24 y 44 millones dólares anuales a la FIFA. Aunque temen que la corrupción salpique su imagen, y la semana pasada mostraron en comunicados su “decepción por la administración del deporte”, de ahí a retirar sus publicidades de mundiales, Copa América y Eurocopa hay un paso enorme.

El danés Jens Sejer Andersen, por su parte, piensa que la única manera de cambiar el sistema turbio de la FIFA es con un boicot: “Tenemos un arma de 25 centímetros en la mano, el control remoto. Si dejamos de ver los partidos en televisión, será un terremoto financiero. Si no hay plata, no hay corrupción”. Pero es más que improbable que los hinchas, que a veces ahorran toda la semana para ir al estadio, dejen de ver fútbol, pues la pasión va mucho más allá de lo racional.

Por ahora, Blatter prometió en su discurso de posesión como presidente reelecto “reconstruir sobre un camino transparente”. Una de sus primeras decisiones fue llamar a Henry Kissinger para hacerse cargo de la unidad anticorrupción de la FIFA. Para muchos, se trató del hombre equivocado. Puede que el exsecretario de Estado, un legendario aficionado al fútbol, sea un hombre brillante, pero su rol clave en golpes de Estado de los años setenta no le otorga las credenciales más transparentes y éticas para purgar un organismo profundamente afectado por la corrupción.

Fragmento del artículo de Semana

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